Lo que deberías saber sobre los festivales de cine

Sábado, 6 Diciembre 2014 2

Llevo más de 10 años participando en festivales de cine y presentando mis trabajos en ellos. He sido seleccionado en festivales de todas las clases: grandes, pequeños, nacionales, internacionales, locales… los festivales son un eslabón indispensable en la cadena de distribución. Es la única forma de que tu trabajo sea avalado por crítica y público y que eso sirva para que una distribuidora se fije en ti. También es el lugar perfecto para estar en contacto con la industria, con los compañeros, son el punto de encuentro ideal para conocer gente vinculada como tú al cine y generar sinergias. Además, te brindan la ocasión para contactar directamente con tu público, conocer su opinión de primera mano y escucharles. Por tanto, los festivales de cine no son únicamente una herramienta necesaria e imprescindible para la distribución de una película, sino que además se pueden convertir en una experiencia extremadamente positiva para el cineasta. Los festivales de cine son en sí mismos la fiesta del cine, donde se pone de manifiesto quiénes hacen las películas, y para qué y quiénes se hacen.

Pero ojo, lo que debería de ser una experiencia positiva, en algunas ocasiones se puede convertir en una pesadilla.

En los últimos años el número de festivales de cine ha aumentado de forma exponencial. Cada ciudad, cada pueblo, cada asociación quiere tener su propio festival, lo que no es malo en sí, más bien todo lo contrario, ya que se multiplican las ventanas de exposición y las posibilidades de participación. Pero conviene advertir que crear y organizar un festival de cine conlleva una serie de responsabilidades. Sabemos que muchos festivales cuentan con subvenciones y aportaciones de patrocinadores que los convierten en un negocio en sí mismos, dejando en un segundo plano la verdadera misión que debe cumplir un festival de cine: celebrar el séptimo arte.

Lamentablemente también han aumentado los casos de falsos festivales que nunca llegan a realizarse o, peor aún, que realizándose no cumplen ni muchísimo menos con lo que habían prometido. Identificar estos festivales de cine no es especialmente difícil. Normalmente suelen tener amplísimos periodos de inscripción, cuentan con rimbombantes nombres que incluyen el nombre de la ciudad o el país, pero carecen de un historial de ediciones anteriores ni poseen patrocinadores significativos que avalen su existencia. Suelen tener tasas de inscripción bastante elevadas, un número también elevado de categorías premios y suelen ser bastante opacos en cuanto las reglas de selección de premiados o en la formación de los jurados. Muchos de ellos no cuentan ni siquiera con proyecciones públicas o con oficinas en las mismas ciudades donde se celebra el festival. Si eres cineasta y estás moviendo tu película por festivales de cine y te encuentras con alguno que posea alguna de las características anteriores, sé cauto e investiga un poco los antecedentes del mismo. Ante la duda, evita participar en él.

También hay otro tipo de “festivales”, he conocido más de uno, que no pretenden sino convertir el festival en un mero cineclub para sus vecinos. Bajo el disfraz de festival, organizan una serie de proyecciones, muchas ellas de películas recientes, sin más pretensión que proyectarlas para hacer algo de taquilla: nada de prensa, nada de industria. Podrán llamarlo festival, pero ese tipo de eventos no tienen la menor utilidad para el cineasta que busca una herramienta de distribución. Llámenlos certámenes, muestras o cine forum, o lo que quieran, pero no perviertan el nombre de festival. Festival significa celebración, fiesta, conmemoración. Es la fiesta del cine y por tanto los creadores, los artistas y los actores deberían ser los primeros invitados.

Este tipo de festivales, que se estilan mucho en provincias, pueden ser especialmente dolorosos cuando juegan con las emociones de los cineastas. Les piden que hagan un esfuerzo –como si no lo hubiesen hecho ya realizando la película–, que asistan a la proyección y que, de paso, si pueden, se traigan a algún actor de la película para darle algo de color al evento. En la mayoría de ocasiones te dirán que no tienen presupuesto y que no pueden correr con los gastos ni de transporte ni de hospedaje, y puede que hasta se despachen al equipo con unas cuantas tortillas de patatas y un poco de vino malo. No quiero decir aquí que se tenga que agasajar al equipo de una película con una cena cinco estrellas, a lo que me refiero es a la tomadura de pelo a la que te someten algunos festivales que a la mañana siguiente presumen de tener un presupuesto de 90.000 €.

Muchos festivales ignoran la gran inversión de tiempo y dinero qué tienen que hacer productores y directores para poder llevar sus películas a festivales. Con las tasas de inscripción que tienen muchos de ellos –que no te garantizan que estés seleccionado–, y que oscilan entre los 20 y los 100 euros, es fácil hacerse una idea de la cantidad de dinero que uno tiene que invertir para que su película pueda participar en unos cuantos festivales. El cineasta se ve obligado a tener que hacer una selección de los festivales a los que quiere optar, y cada comunicación qué recibe el que se le informa que su película no ha sido seleccionada se convierte en una pérdida que hay que anotar en la cuenta de pérdidas de la película. Son muchas las ilusiones y los sacrificios que se esconden detrás de cada festival al que se asiste.

Por tanto no basta con buenas intenciones. Las películas no se hacen solamente con buenas intenciones y para los festivales debería ser igual. Llevar a cabo un evento de estas características conlleva una serie de responsabilidades. La primera de ellas en relación a los cineastas y artistas es la hospitalidad. No se puede echar mano de la ilusión y el entusiasmo que ponen muchos directores y productores en estos eventos para privarles de las más básicas cortesías.

La organización es básica para que un evento de estas características se desarrolle bien en un periodo de tiempo tan breve como el que suelen tener. Hay festivales que por error proyectan el archivo de baja calidad que enviaste para la selección y no el HD en el que llevas trabajando varios días para que la película luzca gloriosa en la pantalla. Hay otros que olvidan comunicarte que has obtenido uno de los premios y te enteras por la prensa al día siguiente. Hay premios que nunca terminan de llegar… Un elemento común que tenían los festivales mejor organizados a los que he asistido es un programa de voluntariado donde gente de todas las edades, interesados en el mundo del cine, dedicaba unas horas de forma desinteresada a llevar a cabo diferentes tareas del festival. Suele ser gente entregada y responsable que acaban contagiando su ilusión a todos los participantes.

Los festivales que mejor nos han tratado no han sido aquellos con presupuestos más elevados, ni mucho menos, sino aquellos precisamente más humildes, donde han hecho un esfuerzo especial para compartir unas horas con los creadores de una película o un cortometraje. En ellos nos hemos sentido mejor atendidos y el recuerdo de aquella experiencia permanece en la memoria inalterable.

Por suerte el trato que reciben actores y cineastas en la mayoría de festivales es excelente. Cualquier director o presidente de festival con un mínimo de sentido común sabe que el secreto de la vida de un el evento de estas características radica en su presupuesto, que en muchos casos proviene de patrocinadores privados. Para que al patrocinador que resulte rentable la participación el evento tiene que tener repercusión mediática y eso sólo lo proporciona la prensa, y a la prensa le atrae el tamaño de las películas que se proyectan y la posibilidad de conectar directamente con sus creadores y artistas. Por tanto ese ciclo debe ser respetado y cuidado año tras año, luchando para que el festival sea un punto de encuentro de actores, directores, productores, distribuidores, prensa y público año tras año.

Si ese no es el objetivo, difícilmente se le puede otorgar el calificativo de festival.

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