• Miedo a la muerte

    viernes, 19 noviembre 2010 0

    Desde que Tim Burton rodara Ed Wood allá por el año 1994, muchos consideran que, efectivamente, Edward D. Wood Jr. ha sido el peor director de cine de la historia. Es muy probable que su Plan 9 from Outer Space sea uno de los más grandes despropósitos de la cinematografía, pero tuve la suerte, o no, de ver hace unos años una película llamada Miedo a la muerte, dirigida por Christy Cabanne y protagonizada por Bela Lugosi y George Zucco, que me hizo cambiar de opinión respecto al señor Wood. No, no es él el peor director de la historia, ni Plan 9 la peor película. Lo es Miedo a la muerte.

    Esta película del año 1947 es la única que Bela Lugosi rodó en color, y es un ejemplo claro de la espiral de autodestrucción en la que se había visto sumido el actor húngaro durante los últimos años de su vida.

    La película arranca en una sala de autopsias. Un cartel de “CENTRAL CITY MORGUE”, traducido al español por “Instituto anatómico forense” seguido de un “AUTOPSY ROOM – KEEP OUT” son los primeros planos de esta bochornosa película. Entran a la sala un doctor y su ayudante. En una mesa central se encuentra un cadáver cubierto por una sábana. Las primeras líneas de diálogo ya nos dan la pista de que no estamos ante una película normal:

    –¿Es este el cuerpo?
    –Sí, doctor. En la policía están particularmente ansiosos por determinar la causa de la muerte lo antes posible.

    El doctor destapa únicamente la cabeza del cadáver. Se lamenta:

    –Es una pena, era una mujer muy hermosa. Odio hacerle la autopsia a una mujer hermosa.
    –No tiene elección, doctor.
    –Es muy inusual, no hay señales de violencia en el cuerpo, ¿qué sospechan? ¿Veneno? ¿Tiene alguna idea?
    –Tengo entendido que las autoridades no tienen ni la menor idea de cómo la mataron, saben por qué, pero no quién la mató.
    –Sí, eso ya no importa. Nuestro trabajo consiste en averiguar lo que la mató. Sin embargo, uno se pregunta a menudo: ¿cuál pudo ser el último pensamiento que fue interrumpido por la muerte? ¿Hablarían de ello? ¿Cuál pudo ser?

    Una música de misterio, la imagen superpuesta de una máscara con los ojos cerrados y la voz en off de una mujer, nos llevan a la siguiente escena, no menos sorprendente: una sala de consulta médica, una mujer elegantemente vestida descansa sobre la camilla, un doctor sexagenario avanza hacia ella con la intención de cubrir su rostro con una venda. Ella grita aterrorizada y se incorpora:

    –¡No, ya se lo he dicho, no quiero la venda!
    –¿Por qué eres tan reacia? ¿Por qué eres tan reacia a la venda? ¿Te recuerda algo quizá?
    –¿Qué quiere decir?
    –Oh, nada, Laura, nada. ¿Por qué no vuelves a recostarte y dejas que termine con mi examen? Eres una muchacha enferma, ya lo sabes, y estás muy nerviosa.

    ¡Qué gran doctor! ¡Ojalá todos los doctores fueran así! Laura es su nuera, aunque él desearía que su hijo se divorcie de ella. De eso hablan los tres, cuando unos minutos más tarde entra el hijo a la consulta. Laura no se quiere divorciar, menuda papeleta, así que le da a su marido una bata de andar por casa que ha llevado en las manos todo el tiempo, esgrimiendo:

    –Ten, esto es lo único que me has dado. Puedes quedártelo.

    Ese mismo día llega a la mansión del doctor un tal Leónidas, Bela Lugosi vestido de Drácula, amigo de la familia en una época pasada que el doctor prefiere no recordar; primos, aunque acordaron no llamarse nunca así. Leónidas viene acompañado de un enano mudo, Índigo.  Al abrir la puerta, la doncella descubre a Leónidas y el enano. Leónidas exclama:

    –¡Mi pequeña paloma! Me alegro de que haya abierto la puerta, madame. Si hubiese esperado un segundo más, Índigo y yo hubiésemos echado la puerta abajo.

    La doncella les invita a pasar como si tal cosa, y arranca un trama incomprensible de sospechas, maquinaciones, intrigas y pasadizos secretos, donde todos temen que un pasado turbio y oscuro se rebele contra ellos. Los personajes aparecen y desaparecen, por la casa deambulan periodistas y policías sin que nadie se pregunte por qué demonios están ahí. Todos hablan con frases prefabricadas, todas las escenas parecen la más importante, la última, siempre al límite de la tensión dramática.

    Recuerdo esa memorable escena en la que Laura baja las escaleras, notablemente alterada, y llega hasta el salón donde se encuentra una pareja de periodistas. Uno de ellos exclama al verla:

    –Bienvenida a su salón, señor Van Ee.
    –Gracias, pero no es mi salón. Veo que no está al corriente de mi posición en esta casa.

    Laura ve una ocasión fantástica de denunciar el acoso al que se ve sometida por parte del doctor y su hijo, aunque apenas comienza a confesar es interrumpida por ellos. El periodista sin embargo no deja escapar la ocasión para aclarar los hechos:

    –Su esposa me ha dicho que la han estado amenazando constantemente.
    –Está fuera de sí–, protesta el marido.
    –¿Ve lo que le digo, señor Lee?–, dice Laura al periodista–, no pierde ni una sola oportunidad para hacerme creer que estoy loca.
    –Quizá pueda explicárselo, señor Lee– dice el doctor. –No creemos que Laura tenga nada malo, pero estamos convencidos de que podría ocurrirle algo a su mente si continúa viviendo con tanta presión.
    –¡No puedo decírselo más claro!– exclama Laura al periodista. –Se pasan el día intentando aterrorizarme, me escriben cartas con tinta verde y me envían cabezas de maniquíes envueltas en papel verde. Lo que sea con tal de asustarme y evitar que pueda dormir. Sólo pienso en evitar que me maten.
    –Esas acusaciones son muy graves, caballeros–, concluye el periodista.

    Minutos más tarde, ese mismo periodista, el señor Lee, charla amistosamente con el hijo del doctor en el salón de la casa. De repente el periodista descubre a través de la ventana, que Leónidas, que está en el jardín, junto al seto, abre los brazos hacia el cielo y se esconde a continuación.

    –¿Qué pasa ahí fuera? Tengo derecho a saberlo–, exclama el hijo del doctor. –No veo nada, ¿qué ha sido?
    –Es imposible, no puede ser verdad.

    A continuación el periodista se encuentra con Leónidas concentrado mientras recita entre dientes unas oraciones frente al cuerpo hipnotizado de la doncella. El periodista se dirige hacia él sin temor:

    –Bien profesor, creo que acabo de verle aullándole a la luna.

    Estas dos escenas sólo son un botón de muestra de lo delirante de la película. El guion está repleto de frases maravillosas que he ido haciendo mías con el paso del tiempo: «por qué eres reacia a la venda», «bienvenida a su salón» o «me escriben cartas con tinta verde», que me han sido de mucha utilidad en tantas ocasiones.

    En definitiva, una de las películas más surrealistas a las que me he enfrentado y que ha dejado una huella indeleble en mí. La verdad es que la veo con cierta regularidad. Su absurda trama, su patética puesta en escena, y el esfuerzo de Bela Lugosi por sostener un personaje incoherente y absurdo, despiertan en mi contrarios sentimientos de vergüenza, bondad y compasión. Me hace reír y me pone extrañamente nervioso a la vez.

    Nunca he visto a nadie recomendar películas malas por el mero hecho de ser malas, pero voy a hacerlo en esta ocasión. Se trata de un «verlo para creerlo». Es tan mala que no te decepcionará, y sobre todo, después de ver Miedo a la muerte, cualquier otra película, incluso las que pone Antena3 por las tardes, no te parecerá tan mala, sin duda.

    -Roque.

  • 1981: ‘Fuego en el cuerpo’

    martes, 20 julio 2010 0

    1981 es uno de esos años en los que la producción de cine, y del bueno, fue más alta de lo habitual. Hay innumerables títulos que ahora reposan en los libros de Historia del Cine que vieron la luz en este año. Ejemplo de ello es el inicio de la saga de Indiana Jones. Muchos os preguntaréis que cómo no he escogido En busca del arca perdida como película de este año, y la respuesta es bien sencilla: no fue la primera película que vi de Indiana Jones ya que apenas tenía 5 años. Tendría que esperar un poco más, hasta la llegada del segundo episodio de la saga, para descubrir al arqueólogo aventurero.

    1981 fue también el año de la genial Das Boot, mi película claustrofóbica por excelencia y una de las mejores sobre la II Guerra Mundial, con una inolvidable banda sonora de Klaus Doldinger que, si no conoces, aún estás a tiempo de hacerlo en Spotify.

    También fue el año de Carros de fuego, que nunca he conseguido ver del tirón porque siempre me quedo dormido en el minuto 10; el año de Furia de titanes y sus deliciosos efectos especiales, que hace poco volví a ver para encarar el remake; Arthur con Liza Minelli; Rojos, película harto complicada; Piraña 2, bochornosa opera prima de James Cameron, de teta y culo, que narra el delirante ataque de unas inteligentes pirañas marinas voladoras (sic); o El cartero siempre llama dos veces, ejemplo de película al rojo vivo, como la que nos trae aquí hoy.

    Pero antes de entrar de lleno con Fuego en el Cuerpo, me gustaría hablar de dos importantes –para mí, claro– películas de este año. Por un lado, El ente, película que no he descubierto hasta hace relativamente poco y que me sorprendió porque, a pesar de tener todos los elementos del género de terror de la época, no ha pasado bien el tiempo por ella, como por Poltergeist, Al final de la escalera o El exorcista. Es un ejemplo de ese terror de finales de los 70, que ya no se hace, y que maneja los tiempos de manera sublime y juega con la psicología de la situación más que con la del hecho paranormal en sí; películas de fotografía sobria, decorados sobrios y movimientos de cámara sobrios.

    Por otro lado, quiero mencionar El estanque dorado. Aquel año, Henry Fonda se despedía de nosotros con esta deliciosa película acompañado de alguien que ha dejado una huella indeleble en mí, Katherine Hepburn, la pelirroja de hierro, probablemente la mujer más notable de Hollywood. Esta película, de cuyo primer visionado tengo un recuerdo vago e impreciso, no pasó desapercibida ante mis ingenuos ojos: algo estaba pasando delante de mí, y ese algo era el milagro del cine.

    Pero sin lugar a dudas, la película de 1981 que más me influyó es Fuego en el cuerpo, de Lawrence Kasdan protagonizada por William Hurt, Kathleen Turner, Ted Danson y Mickey Rourke, entre otros.

    ¿Eras demasiado pequeño para Indiana Jones y no lo eras para Fuego en el cuerpo? Obviamente, no vi esta última hasta mucho tiempo después, hasta mi adolescencia, que es precisamente cuando el cine cala más hondo. Además, no están reñidas ambas películas: Lawrence Kasdan no sólo es el director de Fuego en el cuerpo, sino guionista de En busca del arca perdida.

    Esta es la historia de un abogado de segunda, Ned Racine (William Hurt), que conoce en un bar del Sur de Florida, durante una calurosa noche de verano, a Matty Walker (Kathleen Turner), la sensualidad y el pecado hechos carne. Aunque ella está casada, eso no les impide iniciar un tórrido romance, que pronto se dará de bruces contra un molesto obstáculo: el marido, rico y celoso. Un acuerdo prenupcial garantiza que la única manera de que Matty reciba el dinero de Edmund es si él falleciese. Ned empieza a tramar un plan para conseguir eso mismo, sin sospechar que tal vez Matty no es lo que parece ser.

    ¿Y qué tiene para haberme marcado tanto?

    • Pues para empezar, Kathleen Turner, ese icono femenino y salvaje de mi infancia, la Sofia Loren de mi generación. Porque la Turner salía en pantalla y comenzaba a subir la temperatura de la sala. Body Heat, Fuego en el cuerpo, fue su primera película, y no paró un instante en los sucesivos años: Tras el corazón verde, El honor de los Prizzi, Julia y Julia, El turista accidental o La guerra de los Rose, fueron títulos que no se escaparon a mi voraz sed de ella. Y cómo ardía la pantalla.
    • William Hurt, que representa perfectamente el papel de mal abogado, de anti-héroe, de hombre a medias, de pobre hombre, de cualquiera de nosotros, de tu vecino o de ése que pasa por ahí.
    • Con el cine negro me pasa como con el café: o es muy bueno o no me lo puedo tomar. Fuego en el cuerpo tiene todos los elementos del buen cine negro de los 40 o 50: la atmósfera, los decorados, el ambiente espeso casi irrespirable. Hubo un intento a finales de los 70 y principios de los 80 por recuperar ese cine en lo que los americanos denominaron neo noir: Chinatown o El cartero siempre llama dos veces son otros ejemplos. De hecho, si te gusta Perdición todo serán paralelismos: Ned, Matty y Oscar son Walter, Phyllis y Keyes, respectivamente. Pero voy más allá: si nunca has visto una película de cine negro, ésta bien podría ser la primera.
    • Dos elementos explosivos: el calor y el sexo, menuda combinación. Ambos forman parte de la médula espinal de la trama: combustión lenta. De ahí van cayendo en cascada, como gotas de sudor que resbalan por una espalda estremecida, la seducción, el crimen y la lujuria. Una realidad distorsionada por noches asfixiantes y pasiones sin control, una realidad que en las películas de los 50 sólo podíamos imaginar y que ahora tenemos la oportunidad de ver.
    • Y todo ello aglutinado por la música de John Barry, un inolvidable saxofón que quedará grabado en tu subconsciente para siempre.
    • Y unos diálogos para la Historia:

    ─ No deberías llevar esa ropa.
    ─ ¿Por qué? Sólo es una blusa y una falda.
    ─ Entonces no deberías llevar ese cuerpo.

    En definitiva, Kasdan trajo al color una sensibilidad que hasta el momento sólo había conocido el blanco y negro y consiguió forjar uno de los thrillers más significativos de los 80, y como ya os he dicho, una de las películas que más me influyó. Permitidme un consejo para estas calurosas noches de verano: apagad las luces de casa, abrid las ventanas y dejad que la brisa meza las cortinas. Servíos una bebida fría, poneos Fuego en el cuerpo, y dejaos llevar por el peligroso juego de la seducción de la mano de Kasdan, Turner y Hurt. Ya me contaréis.

    ¿Cuál fue tu película de 1981?

    -Roque.

  • 1980: ‘El hombre elefante’

    miércoles, 30 septiembre 2009 0

    Arranca la década. Un servidor tenía cuatro años. Un año difícil 1980. Difícil porque, aunque no es un año de buen cine en cantidad, sí tiene tres títulos muy contundentes: El imperio contraataca, El resplandor y Toro salvaje. ¿Alguien da más? ¿Os imagináis dirigir la mirada a la marquesina de vuestro cine más cercano y encontraros los carteles de esas tres películas compitiendo por atraer vuestra atención? No puedo imaginar semejante dilema. No obstante, 1980 fue el año de otros títulos inolvidables como The Blues Brothers, Aterriza como puedas, Viernes 13, Holocausto Caníbal, El lago azul o Al final de la escalera, uno de mis títulos favoritos del cine de terror.

    Mi corazón está dividido. La mitad de él, como muchos de vosotros sabréis, pertenece a El imperio contraataca, y la otra mitad a El hombre elefante de David Lynch. Ante semejante disyuntiva, y tras una larga deliberación, he optado por hablar de la segunda, película mucho menos conocida, eternamente olvidada y mal entendida, muchas veces.

    David Lynch tiene películas y películas. Y ésta es de las primeras. Yo me entiendo. Maravillosa fotografía en blanco y negro, inolvidable banda sonora de John Morris, exquisita ambientación, en definitiva, una película inolvidable en todos los sentidos, que me deparó tres sorpresas en mi infancia:

    • John Hurt, tan bien escondido tras ese disfraz que no supe reconocer al Kane de Alien o al Max de El expreso de medianoche. Hurt da vida a John Merrick, el hombre elefante, personaje tan interesante y jugoso desde el punto de vista dramático que le consagra como actor valiente donde los haya.
    • Anthony Hopkins. Le vimos, nos gustó, y no volvimos a verle hasta once años después en El silencio de los corderos. ¿Qué hizo Anthony Hopkins entre aquellos años? Mucha televisión. Mucha gente duda si Sir Anthony Hopkins ha sido joven alguna vez. Sí lo fue. Si lo quieres ver, El hombre elefante es buen ejemplo.
    • Anne Bancroft. ¡Cuánto me gusta esta actriz y qué poco la he podido disfrutar! Mucho teatro y poco cine. Apenas cuento con los dedos de una mano las películas que he visto de ella: El graduado, Agnes de Dios, Grandes esperanzas, y una muy desconocida Trilogía de Nueva York, que me muero por volver a ver.

    El hombre elefante narra la verdadera historia de Joseph Merrick, ciudadano británico del siglo XIX, que fue conocido por ese nombre debido a las notables deformaciones físicas que atenazaban todo su cuerpo. Pasó la mayor parte de su vida explotado como una atracción de feria, y sólo cuando llamó la atención de la ciencia, en los últimos años de su vida, pudo ser conocido por su carácter dulce y educado, así como por una inteligencia superior a la media. Aunque todavía no se sabe con absoluta certeza, se cree que pudo haber padecido una grave variación del síndrome de Proteus.

    El hombre elefante es película para todos los públicos y para todos los tiempos; está deliciosamente narrada, de forma lineal, sencilla, delicada, con el ritmo que sólo el buen cine tiene. Nos sumerge en un Londres maravillosamente oscuro, sucio, cruel y despiadado, raramente retratado con tanta maestría y nos descubre a este personaje grotesco y frágil, horrendo pero sensible y virtuoso. John Merrick, porque en la película se llama John y no Joseph, es un rayo de luz en ese Londres tiznado de borrachos, prostitutas, ratas y superstición. Gracias al doctor Frederick Treves el mundo conocerá al hombre detrás de la máscara, al hombre detrás del monstruo.

    Siempre he sido un amante del cine de terror clásico, no es ningún secreto. Por eso me atrajo El hombre elefante. Lynch nos acerca a la criatura como a una atracción de feria, como lo harían Tod Browning en su Parada de los monstruos, o en Drácula, o James Whale en Frankenstein. Pero ésta no es película de terror, sino de realismo fantástico.

    Nadie duda ya en colocar a El hombre elefante entre los clásicos del drama. Si no la has visto, tienes una asignatura pendiente. No te defraudará. Cinco estrellas.

    Cualquiera de estas noches es una buena noche para volver a ver El hombre elefante. Lo haré. Apagaré las luces, dejaré sonar el adagio para cuerdas opus 11 de Samuel Barber y la voz, torpe, de John Merrick volverá a recordar: “No soy un monstruo, soy un hombre”.

    ¿Cuál fue tu película de 1980?

    -Roque.

  • 1979: ‘Bienvenido Mr. Chance’

    jueves, 12 marzo 2009 0

    Sí, ya sé, más de uno pondrá el grito en el cielo cuando diga que mi película de 1979 no es ni Apocalypse Now, ni Alien, ni La vida de Brian. Seré criticado por no haber elegido Manhattan o Mad Max. Ni siquiera la emblemática Kramer contra Kramer o la mítica Fuga de Alcatraz.  Eso sin mencionar la polémica Calígula, 1941 o Terror en Amityville.

    Buen cine el de 1979, ¿verdad? Pero, amiga, amigo, ninguna de esas películas ocupa un puesto en mi corazoncito de celuloide como el que ocupa Bienvenido Mr. Chance.

    La descubrí no hace tanto, ¿diez años?, puede. Sin embargo, yo apenas contaba con tres cuando la estrenaban en los Estados Unidos. Poco popular, sin duda, pero una de las películas más entrañables, mejor escritas y más divertidas que recuerdo. Y sin duda uno de los papeles más memorables del genial Peter Sellers, si no el mejor, para mí claro.

    Pero, ¿qué tiene esta desconocida película que consiguió cautivarme tan súbitamente?

    • Pues bien, en primer lugar, el personaje principal interpretado por Peter Sellers, Chance, un jardinero con una sutil deficiencia mental que es captada por su entorno como una prueba de su genialidad y astucia política y económica.
    • El personaje está desarrollado de manera magistral a lo largo de todo el guión, descubriendo nuevos matices a cada minuto desde el mismo comienzo hasta el plano final, planteando retos que ponen en vilo al espectador ante la duda de si podrán ser resueltos o no. Sin embargo, la historia derrocha tanto ingenio que no deja de sorprendernos ni un sólo instante.
    • Siempre es un placer ver a Shirley MacLaine, y si es en una comedia, mejor. Shirley está brillante, guapa e inolvidable. Sobre todo en la tórrida secuencia del dormitorio. Si la habéis visto, sabréis de qué estoy hablando, si no, tenéis que verla.
    • Lo sutil de su humor, su ritmo elegante, su fotografía oscura y fría.
    • Su música, directamente inspirada en el Gnossienne número 5 de Satie, pieza para piano especialmente bella. Sin embargo, su banda sonora no fue nunca editada o publicada. La Warner nos la debe.

    Peter Sellers falleció un año después de estrenarse la película. En su tumba reza un epitafio: La vida no es más que un estado de la mente, el mismo que aparece al final de esta película. Un bonito epílogo para uno de los grandes genios del cine.

    ¿Cuál es tu película de 1979? ¿Has visto Bienvenido Mr. Chance?

    Roque.

  • 70 años de pesadillas

    viernes, 27 febrero 2009 0

    Hoy me gustaría hablaros de una de esas miles de pequeñas historias sin importancia que habitan dentro del mundo del cine, una de esas que, tal vez, no se entienden bien por aquellos que no son unos chiflados del séptimo arte, como lo es un servidor. Hoy me gustaría hablaros de un sonido, no de uno cualquiera, sino de uno que fue registrado en 1931 para ser utilizado en la mítica película de Frankenstein, el clásico de la Universal dirigido por James Whale, con Boris Karloff en el papel de monstruo. Se trata de un trueno, un espectacular trueno que sonaba así:

    Los americanos lo llaman, de forma cariñosa, el Castle Thunder, el Trueno del castillo, precisamente porque suele ir acompañando a imágenes de castillos o de casas encantadas, en noches oscuras y tormentosas. Este es, sin duda, el más clásico de todos los truenos que ha sonado en una película, un viejo amigo que se ha estado utilizando durante más de setenta años y aún hoy día se sigue haciendo. Y no solamente ha amenizado las peores pesadillas del celuloide, sino también momentos gloriosos como los 1,21 gigovatios que mandaron de Regreso al futuro a Marty McFly a bordo de un DeLorean, gobernado por un condesador de fluzo, dicho sea de paso.

    Lo podéis oír en Ciudadano Kane, Cleopatra, Hindenburg, Los cazafantasmas, Un cadáver a los postres, En los límites de la realidad, El juego de la sospecha, Golpe en la pequeña China, Entre pillos anda el juego, Una pandilla alucinante, La muerte os sienta tan bien, El jovencito Frankenstein, o en los clásicos de Disney Bambi, La Bella Durmiente o Basil, el ratón superdetective y en muchas otras películas.

    También se ha utilizado como elemento para la creación de otros sonidos, como los de la nave Enterprise de Star Trek o los cañones láser de la Estrella de la muerte en La guerra de las galaxias.

    Como es natural, hoy día existen grabaciones con más calidad y fidelidad que la del viejo y entrañable Trueno del castillo; por un momento, imaginad las herramientas de grabación de hace 78 años. Dudo mucho que se pueda seguir empleando, con la demanda de calidad que los nuevos soportes audiovisuales exigen. Sin embargo, pocos truenos pueden presumir de ser tan veteranos y populares como éste. Casi con toda seguridad, el Trueno del castillo ha adquirido un status que difícilmente otra grabación del mismo género pueda adquirir nunca.

    Roque.

    PD: ¿Por qué siempre faltan diez años para que conduzcamos coches de hidrógeno?

  • 1978: ‘Grease’

    viernes, 6 febrero 2009 0

    La verdad es que el año 1978 no es ningún punto de inflexión en mi vida cinematográfica. No porque fuese un año flojo, que no lo fue, El cazador o El expreso de medianoche son ejemplos de ello, sino simplemente porque ninguna de las películas de ese año dejó huella en mí como otras lo han hecho.

    Hagamos un repaso. 1978. Yo tenía dos añitos y Superman alzó el vuelo por primera vez. No, lo siento. Ni el bucle de Reeve ni la fanfarria de Williams calaron hondo en mi. No es que no me guste, es que los conocí tarde y mal. Además, de pequeño, las partes en las que aparecía Marlon Brando me daban sueño y caía dormido, como cuando hipnotizan a alguien en la tele.

    En 1978 los muertos salieron de sus tumbas en el clásico de George A. Romero La noche de los muertos vivientes. Un clásico –¿cuántas reediciones y montajes y submontajes hay de esta película?–, pero como que tampoco. También nació un clásico del cine de terror, Halloween, padre de una saga interminable, pero que no me ha enganchado nunca.

    De 1978 me voy a quedar con Grease, Vaselina, como la llaman en Sudamérica, la película musical interpretada por John Travolta y Olivia Newton-John. Sí, ya lo sé… el valor cinematográfico de Grease es bastante dudoso. No os quito la razón. Pero ¿no quedamos en que esto era una lista personal? Grease está aquí, en esta lista, más por lo que significó que por lo que realmente es. ¿Que qué significó?

    • Olivia Newton-John, es todo un descubrimiento, la actriz perfecta, actúa, canta, baila, todo un mito que nació y murió con esta película, al menos aquí en España. Olivia, Sandy, será siempre para mí esa rubia de laboratorio con rebeca de punto, falda de vuelo y calcetines a juego.
    • John Travolta, Danny, en un breve período de su vida en el que parecía alguien normal antes de caer en la espiral de idiotización que le ha llevado hasta lo que es ahora.
    • Una moda, como pocas películas han impuesto, sobre todo en la juventud del momento. A mí me pilló demasiado pequeño, pero a los que tengáis hermanos mayores que fueran adolescentes en esta época, buscad fotos de ellos de estos años, os llevaréis una sorpresa. Grease marcó un estilo. Y fue todo un furor, ¿como lo puede ser ahora High School Musical?
    • Una banda sonora inmortal. Que no hay verbena de verano sin Grease, pasen los años que pasen. Ay, Summer Nights, You’re the one that I want… Sin comentarios.
    • Stockard Channing, Rizzo, otro descubrimiento, una actriz soberbia, aunque han sido los asiduos a Broadway los que más la han podido disfrutar. No obstante años después nos regaló una brillante Seis grados de separación.
    • El único legado decente de Lorenzo Lamas.

    Pero Grease tiene algo más. Sí. Aún recuerdo que fue una de las primeras películas que grabé de la televisión, la veía una vez tras otra, sus canciones me volvían loco. Tanto su historia sencilla y llena de optimismo como su humor blanco e inocente acercaban un género, ahora en peligro de extinción, a todos los públicos. Y cuando echo la vista atrás y me recuerdo en el salón de aquella casa viendo Grease reconozco que no era consciente de que aquella película que estaba viendo era uno de los últimos grandes musicales en producirse.

    Una última reflexión sobre 1978. Siempre habrá dos películas de este año que ocuparán un rinconcito de mi corazón, no por buenas, sino por todo lo contrario: Tiburón 2 y Piraña. Terror acuático de segunda división que me marcó para siempre. Desde entonces he estado dispuesto a caminar como Jesucristo, por encima de las aguas, a la más mínima sospecha de bicho en el agua.

    Os dejo con un audio interesantísimo, una joya. Una versión instrumental del Summer Nights de Grease interpretado por una típica orquesta de instituto norteamericano. Imprescindible.

    ¿Cuáles fueron vuestras películas de 1978? ¿Grease?